¿Qué es un Daño Cerebral Adquirido?

Un “DCA” es una lesión que se produce en las estructuras cerebrales en personas que, habiendo nacido sin ningún tipo de daño en el cerebro, sufren en un momento posterior de su vida lesiones en el mismo, como consecuencia de un accidente o una enfermedad.

Las alteraciones que aparezcan tras un DCA dependerán de varios factores relacionados con: el tipo de lesión, la localización de la misma, la extensión del daño, las características previas del paciente y el contexto en el que se desenvuelve en su día a día, etc.

Las principales causas de DCA son:

  • Traumatismos craneoencefálicos (golpe, caída, accidente de tráfico,…)
  • Accidentes cerebrovasculares (ictus, aneurismas,…)
  • Tumores cerebrales
  • Enfermedades neurodegenerativas (demencias, esclerosis múltiple,…)
  • Otras (enfermedades infecciosas, epilepsia,…)
¿Qué consecuencias pueden aparecer tras un daño cerebral adquirido?

A continuación os presentamos un relato en primera persona de una chica que sufrió daño cerebral a causa de un tumor. Testimonios similares se pueden encontrar tras ictus, traumatismos craneoencefálicos, aneurismas, etc.

«Era miércoles, la última semana del mes de febrero; cogí el teléfono y, mientras hablaba, sufrí la primera crisis del lenguaje. No me salían las palabras, a pesar de que las buscaba habían desaparecido todas de mi cabeza, las había perdido. Duró 10 o 15 segundos. Esta situación se fue repitiendo, y sufrí otras crisis acompañadas de descontrol del comportamiento: ganas de recoger cosas inexistentes, de barrer el suelo, de buscar polvo para limpiar, de bajar de un coche en marcha. Sentía incapacidad para controlar el pensamiento, las situaciones, las percepciones, las sensaciones, las acciones. Después de tres días, sufrí una crisis convulsiva y en Urgencias me hicieron una tomografía computarizada, en la que se observó un tumor localizado en el lóbulo frontal izquierdo en el área motora suplementaria.

»Me operaron con una técnica de neuronavegación y mapeo. Durante la intervención quirúrgica, el equipo de neuropsicología me presentaba material para denominar; para intentar, de esta forma, conservar el máximo de funciones cerebrales. Al despertar después de la operación no podía hablar. Lo entendía todo, pero no podía decir nada de nada. Podía repetir o denominar los objetos según las imágenes que me presentaban, pero no había función espontánea. La iniciativa verbal se había fugado de mi cerebro. Me faltaban aquellas habilidades y recursos lingüísticos que no valoras cuando los posees y que encuentras que faltan tanto cuando los has perdido. Me sentía adinámica, apática, monótona.

»A nivel motor, me costaba mucho organizar la secuencia de la acción; recuerdo que, al limpiarme los dientes, me sorprendía secándome los labios en la toalla antes de tenerlos limpios, o pasando el cepillo por el grifo con la intención de limpiarlo, antes de poner la pasta de dientes. De pronto, también notaba que retenía un objeto con la mano derecha: unas tijeras, un lápiz, una pinza… de forma inconsciente; cogía el objeto y me costaba dejarlo ir.

»Además, aparecían producciones perseverantes, sobre todo en la escritura o en el dibujo, como una imposibilidad de inhibir la acción y el movimiento. Dentro de mi discurso, de repente, me salían palabras inventadas pero morfológicamente posibles: “tacafat” por “mancha de café” 1 . A veces me salían palabras extremadamente sofisticadas que formaban parte de la categoría semántica que buscaba, pero que constituían una de las últimas opciones que yo habría elegido antes: “manantial” por “fuente”.

»Actualmente, siento dificultad para defender mis ideas, me cuesta expresar mis opiniones e incluso tenerlas. Mi lenguaje espontáneo ha dejado de ser automático. Todo ha de pasar por mi consciencia, antes de salir por la boca. Siento como si estuviese metabolizando mi pensamiento para convertirlo en lenguaje. He perdido la capacidad de improvisar, me falta espontaneidad, rapidez, agilidad, cotidianidad, ironía, humor e intencionalidad. Tengo un pensamiento concreto y, cuando digo las cosas, las expreso de forma directa; no me entretengo en preámbulos ni preparo la situación. Los que me escuchan no siempre captan mis intenciones cuando hablo, se sorprenden y a veces me malinterpretan.

»En ocasiones no capto las intenciones implícitas de mis interlocutores, sobre todo cuando se dirigen a mí con rapidez, con ambigüedad, con un habla poco contrastada, haciendo pocas oposiciones y modulaciones, o si no me miran a la cara. Me despisto con cierta frecuencia durante una conversación y, si no me fijo en lo que me dicen, pierdo la información: no la capto»

[Un relato más completo puede consultarse en Logopèdia. Revista del Collegi de Logopedes de Catalunya , n.° 16, enero de 2009, pp. 22-24]